Bogotá , 03 de Enero de 2025
Carlos Uzcátegui Briceño
Mi casa tenía una sala alfombrada, contaba con dos ventanas en arco que miraban hacia la avenida Bolívar. Muy amplia en mi recuerdo. Sus puertas sólo abrían ante la llegada de visitas importantes. Una estaba por llegar.
La vida pasaba lisamente y concurrían pocos eventos a lo largo de los años en aquella Mérida, que apenas estaba por comenzar su recorrido para aspirar su graduación como ciudad.
La ciudad estaba dando el paso del silencio bucólico de una capital de estado, apenas conocida por estar rodeada de montañas, a ser una ciudad con vocación de turismo y alma maestra de generaciones, que forjaron su destino en aulas de su excelsa universidad.
Mi vida pasaba asistiendo al colegio, haciendo mandados a la tienda de Matías y jugando. A Matías lo recuerdo vestido con su bata blanca con botones cruzados a medio abrochar. El mostrador de madera y la estantería azul claro pintada en aceite, marcaban todo un aroma de la época.
Matías era de pocas palabras y muchas cervezas. Al final de la tarde cerraba una de las puertas que daban sobre la avenida Independencia y recibía algún amigo para compartir el final de la faena.
Aunque ya el uso de aceite de comer era un estándar en el consumo familiar, Matías aún vendía papeletas de manteca de cochino en papel parafinado, la sacaba con una cuchara de palo de un envase de lata cuadrado. Algunas recetas aún requerían el uso de la manteca.
También vendía kerosene por garrafones, que detallaba desde tonel que estaba parado sobre una tanda de ladrillos, con un grifo en la parte baja al frente del mostrador, fue el proveedor de los Lido (cigarrillos) de Harry, los Viceroy de papá y la leche condensada de Maora. Amén de alguno que otro ingrediente faltante para el almuerzo, incluída la manteca.
La visita de mis amigos normalmente era en la calle. Daniel Morales, Carlos Lobo, Gustavo Valecillos, Lenín Moreno destacan en mi recuerdo como algunos de la cuadra.
Tuvimos campos de juego “especiales” como la Funeraria Lobo, que quedaba en la esquina diagonal al parque Glorias Patrias. Era una casa grande de dos plantas. La familia vivía en la parte de arriba, mientras en la parte de abajo, se prestaban los servicios correspondientes al negocio familiar.
Allí jugábamos al escondite, toda la casa era nuestro campo de juego En la terraza del segundo piso, las hermanas de Carlos, mi amigo y el menor de los Lobo, pasaban las tardes a medio vestir, pintándose las uñas, ocupándose de cosas de mujeres sin mayores preocupaciones y terminando coronas de flores para los difuntos.
Eran cinco hermanas: Nancy, Nelly, Nilda, Noris y Nubia, me impresionaba el acierto en el orden perfecto de sus nombres.
Mientras tanto, su hermano mayor, Raúl, de abultado bigote nos daba la sensación de ser delicado de carácter y evitamos cruzarnos con su mirada al máximo.
Nos escondíamos detrás de las gruesas cortinas rojas del salón principal, debajo de las urnas con muertos en vela, y también solíamos camuflamos detrás de las coronas fúnebres durante el velorio de cualquier difunto.
Una noche hicimos tanto ruido, además de tumbar a una ayudante que repartía café servido en vasitos de cartón Dixie, que la Señora Lobo nos expulsó inapelablemente de nuestra cancha de escondite favorita.
Mientras pasaban esos días dorados, en la casa ocurrían eventos aislados que hacían crear recuerdos especiales en la rutina de entonces.
Mamá mantuvo siempre muy buenas relaciones con el alto clero de la época, además de su admirable fé, su amistad con obispos y arzobispos fue de mucho interés para ella.
Por aquellos años hubo una reunión (sínodo) de obispos y arzobispos de Colombia y Venezuela en Mérida. Mamá muy gentilmente aceptó alojar en la casa a un invitado especial , colombiano, el Arzobispo de Manizales.
Por supuesto que hubo un cónclave previo en la casa donde se giraron precisas indicaciones acerca del protocolo, los modales y sobre todo el tono del lenguaje durante la presencia del magno huésped. Los procesos internos familiares quedaban suspendidos hasta nuevo aviso.
Cuándo llegaba este tipo de invitados, lo mejor que pasaba era la sofisticación del menú que regularmente se servía en la casa. Mamá era hábil y refinada en la cocina, contaba con su ayudante de turno, educada a su usanza y férrea disciplina. Todos los platos debían ser perfectos y todo tenía que estar en orden.
El día que llegó el Arzobispo de Manizales a la casa era un domingo. Mamá había colocado flores en la habitación del ilustre invitado. El Cristo grande del cuarto de papá y mamá, se mudó pro tempore a la habitación del ilustre huésped.
Solo faltaba el banquete de bienvenida, que sería servido a la hora del almuerzo ¡Dios con nosotros!
El mantel blanco de crochet perfectamente almidonado por las carmelitas, la vajilla blanca y azul , la cubertería de plata y la cristalería que le regaló mi hermano Germán, estaban dispuestas sobre la mesa.
La botella de Chianti ya estaba destapada para hacer los honores correspondientes al honorabilísimo y distinguido huésped.
¡La mesa estaba servida! nos sentamos ceremonialmente alrededor del comedor. Nadie se adelantó con el pan, las amenazas previas estaban funcionando.
Mamá invitó a Monseñor -de quien se presumía tendría buen apetito dada la tensión percibida de su faja morada- a que diera la bendición a aquella exquisita repartición de alimentos. La sencilla ceremonia dió inicio al esperado festín.
El menú era un clásico, sopa: una crema de piña con pasas, para el seco ensalada diplomática, arroz salvaje y un pollo a la thermidor. El postre era de melocotón. Platos con los que mamá era diestra y su éxito estaba asegurado.
El almuerzo transcurrió con fluidez y amabilidad celestial, ya casi terminando el plato fuerte, Irmita mi cuñada, intrépida y veloz, con su mejor intención, realiza una pregunta que no estaba en la agenda de mamá, ingenuamente consulta al invitado : Monseñor ¿Quiere que le sirva mas pollito? Ante la afirmativa e inesperada respuesta del ilustre invitado, la cara de mamá palideció. Fue un "momentum terribilis".
Las alarmas se activaron, solo mamá sabía que el suministro extra del preciado plato estaba agotado. En ese momento salta de su silla y llega a la cocina. Yo estaba allí, escuché las preguntas de terror: ¿Qué hacemos? ¿Y ahora que? increpaba mamá a Irmita, la emergencia no tenía solución posible en ese momento. Casi que en ese mismo instante, empiezan a llegar algunos platos ya recogidos del comedor.
Máma e Irmita cruzan su mirada y en un segundo de silenciosa y pícara complicidad, consiguen la solución.
Sin mediar palabra alguna y con precisión quirúrgica, fueron despojados algunos restos de pollo adheridos a los huesos del ave ya servida, que algunos comensales habían dejado sin chupar, quizás como consecuencia de las precisas indicaciones de etiqueta proferidas previamente por mamá.
Con estos restos, se armó una falsa presa que fué servida en el plato del ilustre comensal.
Mamá giró instrucciones a Irmita mi cuñada, en lenguaje claro, preciso y directo, haciéndola sentir responsable de la indebida oferta de repetición ordenó: Llévele el plato a Monseñor, eso sí, con mucha decencia.
Desde la puerta de la cocina mamá miraba con terror cuál sería la expresión del arzobispo invitado al probar la segunda parte de su almuerzo, para sorpresa de ella, Monseñor la busca con su mirada, prueba la repetición de su platillo y al momento exclama con emoción: Doña Braulia esto es un ¡Bocato di cardenale!
Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder.
Mateo 5,14
Nota:
Revisando mi memoria y las fechas, el ilustre visitante de aquél sínodo, pudo haber sido Monseñor José de Jesús Pimiento Rodríguez (Zapatoca, Colombia, 18 de febrero de 1919-Floridablanca, Santander, 3 de septiembre de 2019) un sacerdote colombiano, arzobispo emérito de Manizales y Cardenal de la Iglesia católica desde el 14 de febrero de 2015. Una presunción grata y divina. Monseñor Pimiento llegó a ser Cardenal a los 95 años de edad.

Excelente. Esos recuerdos en verdad son memorables. Muy buena narración, casi estuve compartiendo los avatares de ese condumio.
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