Carlos Uzcátegui Briceño
Bogotá , 7 de marzo de 2025
La noche del 9 de marzo de 1687 parecía empezar su transcurrir normal, fría y obscura. Como todo domingo , los excesos de chicha y masato alegraron la vida de algunos vecinos de Santa Fe, después de disfrutar los tamales del almuerzo. Lo que estaba por pasar sería una causa del cielo, para los curas del Colegio San Bartolomé.
A pesar de la agitada semana de trabajo, los feligreses acudían religiosamente a cumplir con la Santa Misa todos los domingos en la entonces apacible y tranquila Santa Fe de Bogotá.
Para finales del siglo XVII, Santa Fe de Bogotá contaba con cinco iglesias , era una villa conventual y provinciana. La economía y la educación eran dirigidas por religiosos ,responsables de la formación para la fe y el trabajo.
Aquel día parecía ser normal, como cualquier otro domingo. Después de la misa, las familias paseaban por la plaza mayor, disfrutando de la tranquilidad y el aire fresco. Las tardes dominicales se dedicaban a visitas familiares, en una ciudad que aún estaba en sus primeros años de vida. Su arquitectura y costumbres, arraigadas y sencillas, permanecerían prácticamente intactas hasta mediados del siglo XIX.
Los curas de las cinco iglesias que existían en ese año —El Humilladero, San Francisco, San Ignacio, Santa Clara y San Agustín— habían dedicado el día anterior a los preparativos para la Semana Mayor.
Esa tarde, compartieron un reconfortante sancocho de gallina acompañado de exquisitos vinos extremeños de Almendralejo. Entre sorbos y conversaciones, reflexionaron sobre la importancia del sermón que impartirían al día siguiente a su feligresía. Decidieron centrar su mensaje en el pecado y las penas del infierno, temas apropiados para aquel tiempo de Cuaresma.
Para ese domingo, los sermones de las cinco iglesias estaban alineados: fuego eterno o salvación, era un buen sermón, los días santos se acercaban y el tema se ajustaba a los preceptos de la fe que deberían reforzarse en cuaresma.
Al finalizar ese domingo, a las 7 de la noche el celador apagó pocos faroles de la plaza mayor, sonó el toque de queda, el silencio se adueñó de la ciudad que ya se aproximaba, sin mayores pretensiones, a cumplir 150 años de su fundación.
Eran las 10 de aquella noche, un cielo despejado, sin una sola nube, ofrecía un espectáculo maravilloso con su constelación de estrellas brillantes —tal como lo relata el cronista Pedro de Mercado—. Inmediatamente después de que el sereno anunciara con voz clara: "Son las 10 de la noche y todo sereno", un ruido desconocido y estruendoso sacudió el silencio, despertando a todos los habitantes de Santa Fe.
No hubo tiempo para reponerse de la sorpresa, pues minutos después se escuchó un segundo estruendo, aún más fuerte, que obligó a la gente a levantarse de sus camas. Instantes más tarde, un tercer impacto, tan violento y ensordecedor como los anteriores, provocó que las personas salieran a las calles con desesperación, enfrentándose a la oscuridad y el frío de aquella noche bogotana.
Relatan los cronistas de la época que la confusión fue tan grande, que la gente solo trataba de buscar el origen del escandaloso ruido, y en su desesperación se atropellaban entre ellos en medio del inusitado caos, pues además de los tres impactos, la tierra no cesó de emanar un terrible sonido, parecido al de un escandaloso y cercano trueno, pero no venía del cielo: parecía salir de de las entrañas de la misma tierra.
La gente gritaba que estaban llegando legiones de demonios a Bogotá: ¡fin de mundo!
Se cuenta que la gente de la sabana corría hacia Monserrate, mientras que los habitantes de Monserrate huían hacia la sabana. Las calles se llenaron de personas que, arrodilladas, suplicaban perdón por sus pecados, aterrorizadas por lo que parecía un presagio divino.
El ruido, que ya llevaba más de veinte minutos resonando, no cesaba de atormentar a los sencillos moradores de la incipiente ciudad, la reina del altiplano de Cundinamarca.
Los curas de la iglesias de Santa Fe estaban muy asustados, pues pensaron en lo profético de su sermón de esa mañana, pensaron en la llegada del día del juicio. Mucho más convencidos quedaron de su profecía autocumplida, al sentir que en las calles se respiraba un intenso olor a azufre: las llamas del infierno llegaron para castigarnos, concluyó cada uno de ellos desde su sacristía.
El alcalde por su parte, un poco alejado de las creencias religiosas y pragmático en su decisión, pensó que se estaba consumando una invasión que venía desde Cartagena y llamado por su obligación de mantener a salvo su ciudad, salió con su escueto ejército sin arcabuces y armado con lanzas oxidadas a defender el honor de Bogotá.
Marchó rumbo a Tunja dejando a la ciudad acéfala de autoridad.
El vicario de la Iglesia de San Ignacio tomó la iniciativa de rescatar a las almas del caos que se había desatado. Con firmeza, impartió la orden de doblar las campanas, un llamado desesperado a la oración y al arrepentimiento.
Pronto, las demás iglesias de la aún inocente urbe se sumaron a la iniciativa, haciendo eco del sonido de las campanas que resonaba como un clamor colectivo en medio de la confusión.
Con el redoblar de las campanas, y los templos con toda su lumbre encendida en medio de la inusitada confusión, las personas abandonaran su errático caminar calle arriba y calle abajo, fue así que optaron por refugiarse en sus iglesias, único sitio posible para pedir perdón o clamar por el milagro, para que llegara a su fin la pesadilla que estaban viviendo.
Como era de esperarse, las iglesias se abarrotaron de gente. Las personas necesitaban confesarse , incluso las que esa misma mañana lo habían hecho. Pareciera que ese extraño domingo les brindó la oportunidad de pecar el doble en el brevísimo transcurso de esa tarde.
Fue una experiencia religiosa trágica y singular. Se dice que la gente al verse en tamaña confusión y sintiendo lo inminente de la posibilidad de que su querida ciudad fuera el escenario del mismísimo Armagedón, sintiendo que el fin de los tiempos era lo que estaban presenciando, decidieron pedir perdón a su prójimo por cuenta propia.
Todo indicaba que no habría tiempo suficiente para que el cura impartiera absolución de los pecados a todos los habitantes de la pecaminosa población , estaban totalmente desesperados y temerosos ante la posibilidad de perder definitivamente su alma.
Fue así, que de rodillas ante sus hermanos en la fe, los pecadores fueron a buscar a su ofendido prójimo, en voz alta empezaron a confesar sus pecados: se confesaron robos de gallinas, infidelidades, hijos que no necesitarían pruebas de ADN para determinar su pecaminoso origen, hurto de ganado, comerciantes que robaban a sus anchas juraron restituir a sus estafados clientes, los usureros prometieron perdonar las deudas. Un arrepentimiento generalizado llenó los templos en la mitad de una noche de terror.
Todos los pecados de todos, fueron conocidos por todos, fue una confesión pública. Además fueron perdonados con "sincero amor al prójimo" y un gran temor de Dios.
Los ofendidos requerían apelar a su inmensa magnanimidad para ser dignos del premio eterno o por lo menos huir de las llamas de las que hablaron los curas en el sermón de la mañana. El purgatorio era una buena opción en medio de la caótica noche.
El misterioso ruido duró cerca de 30 minutos, aparte de los tres fuertes impactos iniciales.
Toda la población amaneció en los templos, nadie se atrevía a salir por miedo a que los miembros de la corte de Lucifer estuviesen esperando a la gente a la vuelta de la iglesia, para llevarlas al mismísimo infierno.
Ofendidos compartieron techo y templo con sus ofensores, algunos permanecieron en los templos por días, nada pasó después.
Relatan las crónicas que desde aquel entonces la gente se reunió los 9 de cada mes en misas de acción de gracias a Dios por su infinita clemencia, por haber permitido que la vida siguiera a todos los ciudadanos de la conventual villa santafereña.
Nunca se supo a ciencia cierta lo ocurrido, aunque fue un hecho debidamente registrado por los cronistas de entonces. Especial detalle de los hechos se narra en las memorias anuales enviadas por los Jesuitas para España y otros registros oficiales de la época.
Se piensa que pudo haber sido un meteorito fraccionado en tres partes en 1687, hay elementos que indican de la caída de uno de ellos en Tunja, Boyacá.
Hay otros científicos que atribuyen este fenómeno a un inmenso evento telúrico pues se dice que ese mismo movimiento se sintió con menos intensidad en Quito y Lima esa misma noche.
Lo cierto es que aún 300 años después , si Usted va para el centro a tomar un chocolate con pan de bono, es muy posible que se escuche a algún cachaco entusiasmado en su orgullo de ser nativo de esta fría planicie decirle a su contertulio : “ala mi chino querido, ese cuento es mas viejo que el ruido” o "ese nació por allá en los tiempos del ruido" (Para referirse a algo que pasó hace muchísimo tiempo)
Se dice que la elegancia y el buen trato de los habitantes nativos de la ciudad, se fundaron en las maneras de los "cachacos", desde el mismo día en el que el ruido fue protagonista de la inolvidable noche de marzo de 1687, les obligó a reconocerse entre ellos como iguales
Se presume que desde esa misma noche en la que todos los vecinos conocieron la vida y "miseria" de los demás habitantes de Santa Fe, los cachacos se empezaron a llamar entre ellos "vecino" o "veci" como la modernidad ha apresurado el reconocido mote.
Por tanto, estén despiertos, porque no saben el día ni la hora.
Mateo 25, 13
Comentarios
Publicar un comentario