Bogotá 28 de Febrero de 2025
Carlos Uzcategui Briceño
Miraba el Lago desde este balcón, al que me asomo cada vez que siento nostalgia de las empinadas calles que hicieron crecer mi larga infancia, allá en mi tierra frente a las playas de Scalea, sembrada de limones que sabían a mar y a sol. Hoy quise escribir esta carta...
A mis recuerdos, a quienes algún día me recuerden:
Los tiempos eran muy duros por aquellos años. Papá hablaba que desde la reunificación de Italia, todo había sido difícil. Los alimentos no alcanzaban, la tierra estaba sobre exigida, los salarios muy bajos, los impuestos muy altos.
Mi infancia había pasado en tiempos no tan comprometidos. Un día empezó a llegar la familia huyendo de la “pelagra” del norte. Nos pusimos incómodos en la casa, la comida no alcanzaba para todos.
Por esos días recuerdo que llegaron de Nápoles, unos alemanes que venían de América. Pasaron por el pueblo en su camino a Sicilia. Esa tarde los encontré hablando en la tienda de Filipo, el abarrotero. No pude evitar emocionarme con las historias que traían: hablaban de una tierra de perenne primavera, donde los árboles daban frutas todo el año, donde la gente que llegaba por mar era bien recibida y todo estaba empezando a hacerse.
Hablaban de la belleza y lo corajudas de las mujeres de esas tierras mágicas , de lo generosos que esos cultivos de adornados tallos con flores blancas y semillas de café eran, de la fortuna y de la vida que se podía iniciar del otro lado del mar Tirreno, mi serenísimo amigo.
Esa noche recuerdo que no pude dormir. Empecé a soñar con esa posibilidad y ¿por qué no? nada me detenía.
Mis sueños necesitaban tierra verde, sabor de aventura y amor del otro lado del mundo. Recuerdo agradecido y nostálgico aquella tarde, cuando escuché hablar de América por primera vez de boca de un testigo presencial de lo que podría pasar en aquellas tierras, lejanas y misteriosas para todos.
Desde aquella conversación, la idea de respirar ese aire casi místico y lejano pero mágico según sus testimonios , me distrajo de la realidad de mi vida cotidiana. De alguna manera sabía que esa idea no saldría de mi mente, estaba seguro que me marcharía de Scalea algún día no distante.
La curiosidad de conocer personas nacidas en otras tierras y viviendo tiempos distintos, detonaba mi curiosidad a niveles que aplacaban mi capacidad de dormir.
Ya a mis veinte , sentía las inmensas ganas de vivir otra historia, se me hicieron largos los años pasados enclavado frente al azul del mar que hacía frontera con mis preguntas.
Ahora quería saber que pasaría si pudiese llegar al otro lado de aquella playa.
Filipo el de los abarrotes siempre me decía que dejara de soñar, que ningún italiano había regresado de América. Y eso en lugar de asustarme, avivaba mi sed de aventura, me repetía: cómo será de fabulosa esa tierra que nadie quiso regresar.
El mar de Scalea fue mi confidente de siempre, desde los días en que bajaba a esperar a papá cuando el sol rayaba su primer destello en la playa y él venía cargado de obladas, pez lagarto, lubinas, dorados y palometones. Lo acompañé al mercado cada mañana que recuerdo de mi temprana infancia.
Antes de la llegada de la malaria, el cólera y el éxodo de los aldeanos huyendo de la pelagra, nuestra vida familiar transcurría con cierta comodidad.
Mi casa despertaba al canto del mar. Un aroma a pasta de sémola, albahaca, limón, pescado fresco y vino inundaba la cocina de mamá cada mañana.
Luego con la llegada de mi tía viuda con sus hijos, conocí la polenta.
Desde aquella conversación con los alemanes, yo bajaba al mar al atardecer y me dejaba llevar por la imaginación, vislumbrando las aventuras que podrían estar por llegar.
En esa época, cada vez que regresaba a casa, Candelario, mi padre, reprendía mi desinterés por la vida, mientras que mi madre se conmovía al sentirme soñar. Ella intuía y presagiaba mi lejanía, incluso antes de que zarpara en busca de mi propio destino. Su corazón sabía que, aún sin recursos, yo partiría a probar fortuna
Cada mañana me iba a la estación del ferrocarril, solo a ver gente que salía y a sus familias despedirlas. Contaba los días para irme.
El sueño empezará en Nápoles, pensaba en aquel entonces, de allí vendría la gloria. Así pasaba tardes enteras contando las olas del mar y los minutos de arena para concretar mi aventura.
Me gustaba el infinito de aquel horizonte , me crié en la Vía Marina muy cerca de las playas que bordeaban aquel pueblo trepado y seguro en la vieja montaña.
Los mayores aseguraban que en el pueblo había gente desde antes que naciera la historia.
Dentro de mi alma vivía una aventura impaciente, mucho más desde que sentí llegar la hambruna a Scalea.
Hoy se me vienen tantos recuerdos de mi tierra.
Recuerdo las misas de los domingos en la Madonna del Carmine o Iglesia «de arriba» y a mi mamá rezando con encendido fervor por la familia y por las “anime del purgatorio”.
Contemplar el mar Tirreno y la playa que custodiaba mis amaneceres era algo imposible de imaginar para quien no hubiese sido testigo del milagro de aquel mar. Sus tres kilómetros de azul, más intensos que todos los del paraíso, y su eterna inmensidad , hacían difícil convencer a alguien de que aquel lugar fuese real.
El perfume a limón que flotaba en sus callecitas empinadas y angostas, un aroma que solo podría respirarse de nuevo en la puerta del cielo.
María del Carmen, se llama mamá como casi todas las amigas de ella. La promesa del pueblo que le hizo a la Virgen del Carmen para calmar las tormentas de 1852 , obligó a cambiar el nombre de la Iglesia y a que las hijas mayores de todas las familias fueran bautizadas con el mismo nombre.
Nunca había salido del pueblo, salvo una peregrinación a Santa María de Los Cedros, a la que la acompañé a cumplir con una promesa.
Ya han pasado dieciocho años desde que llegué a esta tierra, Chiguará, rebosante de sol, impregnada del aroma a café y habitada por los seres más especiales del mundo. Abrieron lo mejor de su afecto para recibir a 'el jurungo', como me llaman cariñosamente. Aquí tengo mi vida, mis hijos, mis amigos . Todo está aquí.
Una tarde, me despedí de Scalea. Instruí a todos mis sentidos para grabar en mi memoria aquel día en que el tren partió hacia Nápoles. Recorrí por última vez el serpentín de calles angostas donde jugué en mi infancia, dije adiós a las casas vestidas de flores, a los limoneros, a Don Giuseppe, el cura; a Don Filipo, el tendero; al mar, impaciente por escuchar algún día mis relatos, y a aquella tarde triste en que mamá lloraba mientras me acompañaba, justo cuando el rumor del ferrocarril comenzaba a acercarse a la estación.
Papá salió temprano ese día, no nos despedimos. Los demás de la casa todos fueron a decirme hasta luego, mientras cantaban: ci pianteremo giardini di limoni tutto il cielo si profumeria.
(Plantaremos jardines de limones y todo el cielo se perfumará)
Recuerdo cómo sucedió todo: después de la despedida en la estación, donde abordé el tren que me llevó a Nápoles a descubrir lo que traía para mi.
La llegada a la ciudad, Nápoles nubló mi mente. No me imaginaba que algo tan grande pudiera existir, aunque esto no calló ni por un segundo el grito de libertad que clamaba en mi corazón: mi partida a la tierra que me había prometido.
Los vendedores de sueños pregonaban pasajes con falsas promesas sobre un viaje placentero y con comodidades, lo que en aquel momento no me importó, estaba dispuesto a todo.
Los engaños sobre el viaje bien valieron la pena, esta tierra lo valía con creces.
Yo no quería cosas pequeñas, dejarlo todo allá era para hacer cosas grandes, hacer una familia grande.
Mamá me hizo jurar que estaría en correspondencia con la “famiglia” , nuestro valor fundacional de vida es ese y he mantenido mi promesa todos estos años.
Veo esta tierra montañosa , con olor a vida, color de amor , alma de prosperidad, que me recibió y me digo: fue una decisión de la Providencia, fueron tantas cosas que se alinearon para que todo llegara a suceder de esta manera, mi idea original era quedarme en Maracaibo.
Una encomienda por un compromiso de agradecimiento, me hace asumir el reto de subir a esta tierra del café. El polvo del camino no logró empañar lo que mi corazón sentía cuando empecé a abrazar esta montaña color verde esperanza.
De alguna manera, pero mucho más grande y lejos del mar, Chiguará tenía un aire de Scalea, cuyo nombre viene de escalera, como la que sube para llegar a esta tierra, santuario de café y dónde nace gente buena de corazón noble.
La vida ha tenido los colores que le han correspondido: rosas y negros. La partida de Lucinda, con apenas diez años de matrimonio y una familia que estaba aún en ciernes, a punto de florecer, casi quiebra mi existencia. Pero me levanté y seguí adelante.
De muchas cosas me he podido levantar, de esa situación también. Reconstruí mi vida, volví a hacer familia con Olimpia.
Nada me detuvo, solo hoy me detengo a recordar, a dejar un breve testimonio de mi viaje.
Todos los años llegan los “barriles con aceitunas en salmuera y barricas de vino y de aceite de oliva” (*)
Cuando llega esa carga en vísperas de la navidad, busco a la gente buena de aquí para compartir los sabores de allá, es un pretexto para conversar sobre la vida y los caminos del mar.
Hoy es 23 de julio de 1907, hoy hace exactamente 17 años zarpó el vapor de Nápoles y me siento nostálgico. Apenas hace ocho días cumplí 40 años y aunque me siento lleno de vida tengo la capacidad de comprender que la vida puede cambiar, en un instante.
No sé por qué hoy, en especial, siento una gran necesidad de escribirle a mi madre para agradecerle por todo.
También me siento agradecido por el mar, por el viento y el carbón que me hizo llegar un día a esta montaña, donde estoy seguro existió alguna vez el paraíso terrenal.
Ruego a Dios proteja mi sueño y vida hasta donde su santa voluntad lo permita.
Gracias mamá por estar pendiente de encomendar mis días a la Virgen del Carmen.
Hoy como nunca recuerdo el perfume del limonero plantado en la entrada de mi casa.
A presto!
Pasquale Ferrigni Barleta
Chiguará, 23 de Julio de 1907
Me basterà il profumo di un limone a ricordarci che non durarara
El aroma de un limón será suficiente para recordarnos que no durará.
(Canción del emigrante Italiano tratando de minimizar el largo camino de su posible regreso)
(Carta imaginaria)
(*) Comentario de mi primo Alvaro Sandia Briceño, en el Blog del Dr Humberto Ruiz (Los Italianos en Mérida)

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