Esta mañana abrí la puerta que da al jardín del viejo roble. Noble y viejo me ha acompañado todo el viaje soportando el frío, tolerando veranos ,aguantando tormentas y vendavales. Resiliente.
Cada año que pasa lo veo con menos hojas verdes y más hojas caídas. Hojas que arropan el sólido pié que sostiene su vida. Hojas cayeron a lo largo de todo su tiempo.
Al viejo roble lo voy a visitar en escasas oportunidades, aunque siempre está presente, lo veo por la ventana cada mañana, acudo en pocas ocasiones al patio donde vive solo, cuidando sus hojas caídas.
Cuando los años van terminando y el frío viento de las tardes de aquí agita sus hojas con ruido, siento que él reclama para sí, la emotiva visita del cierre del año.
Esa tarde antes de salir a su jardín, preparé una taza de café y me dediqué a escuchar sus cuentos. A revivir la historia de su particular y plateada manera de recordar el mar.
Veo las hojas que abrigan el suelo del jardín donde mora. Nunca las he querido barrer, si cayeron del viejo roble es porqué algún día las habrá de extrañar.
Esa tarde el roble tenía muchas ganas de ser escuchado, más que ninguna otra vez que recuerde en las últimas visitas del tiempo.
Llegué al patio a cumplir nuestra cita anual, ya el año estaba por terminar y era mi compromiso escuchar con atención, el silente silbido sus recuerdos.
El viento empezó a soplar con más fuerza que de costumbre y formó un remolino de hojas caídas, unas más marchitas que otras y al instante, el viento dejó que la calma invadiera de nuevo la paz del jardín del viejo roble.
Las hojas caídas del viejo roble empezaron a tomar su puesto en alocado orden, sin agrupación precisa, pero esta vez con una marca que nunca había notado.
Muchas hojas tenían labrada la fecha de su caída y una silueta imborrable de amor se dibujada en su haz.Otras tenían solo la silueta y la fecha estaba borrosa.
El viejo roble me estaba enseñando a escuchar la memoria de las hojas. Esas hojas que cayeron de sus ramas están vivas cubriendo el jardín donde vive.
Esas hojas tienen fechas y rostros, como esas personas que marcaron el amor mientras el camino serpenteaba los sueños.
Otras hojas tenían solo siluetas y paisajes de allá, donde vivimos la vida con intensidad imperecedera a nuestra memoria.
El viejo roble no dejaba que los recuerdos que hicieron su vida, marcharan para siempre. Los dejó allí conservando su piso, él sabía que sin memoria no habría futuro.
Cuando terminé el café, me senté en la mecedora del zaguán y vi de repente la mesita donde estaba el espejo ovalado de nácar con la campanita que tenía mamá. Estaba dibujado en una hoja caída.
Comprendí la sabiduría perenne del roble. Empecé a ver la secuencia de los momentos en las hojas caídas del árbol. Rostros y fechas , en otras solo caras o sólo sitios donde la vida me amó demás.
Todas las hojas caídas contaban su historia , las hojas nunca mueren porque tienen memoria. Se marchitan y reviven.
Hoy terminado el año me agache y empecé a acariciar cada hoja caída al pié de mi árbol, esa hoja a lo mejor sin fecha, vivió en algún momento mi historia y si el roble la mantiene en su pié es porque su momento valió la pena en mi vida.
Hoy es buena la tarde para recordar la vida de esas hojas caídas y pedir al cielo que por otro año más, nos permita entrar al jardín donde habita el viejo roble y nos brinde su sombra, para abrazar nuevamente la memoria de las hojas caídas.
7.El árbol tiene una esperanza: pues, si es cortado, aún pueden salirle renuevos, que seguirán brotando.
8.Aunque sus raíces se hayan envejecido en la tierra, y su tronco muera en el suelo,
9.al contacto del agua rebrota y echa ramaje como una planta nueva.cuando se acaricia el momento que vive en el recuerdo de cada una de ellas.
Job 14, 7-9

Comentarios
Publicar un comentario