697 hallacas para Navidad




Bogota 1 de diciembre de 2024

Carlos Uzcátegui B.

La elaboración de las hallacas fue durante mucho tiempo el evento que marcaba el inicio oficial de las navidades en mi casa. Se hacían muchas , pero en diciembre de 1972 una celebración lo cambió todo.


Las navidades siempre tendrán una connotación mágica en mi memoria, fui de los creyó en el Niño Jesús (el de los regalos) hasta casi los 10 años de edad.


En mi casa la navidad era un evento especial, tenía un olor particular. Los primeros arbolitos que recuerdo eran de chamizo bañados con yeso sembrados en una base rellena de piedras y arena. La primera imagen que tengo es la de Alfredo decorando el arbolito y haciendo velas sobre “oasis” para flores, donde dejaba chorrear esperma de velas azules , rojas y amarillas.


Recuerdo a papá llegando de su finca, con su camioneta forrada de tierra mojada, vestido con camisa cuadros , pantalón de kaki con dobladillo y bolsillos con tapa, cargada con las hojas de las hallacas , carne de res, el cochino y la gallina. 


Los pesebres de mi casa eran majestuosos, ocupaban una habitación completa. Tenían montañas como las de Mérida, un Arcángel Gabriel que aparecía en una cueva mágica con un “intermitente” que vendía el señor Belandria en la Ferreteria El Llano. Tenía una cascada de agua que funcionaba de verdad, tres reyes magos cada uno con su cabestrero en un desierto perfecto hecho con tierra amarilla (aserrín). . 


Las figuras del pesebre eran españolas. Inolvidable a mi memoria la ternura de la lavandera, quien desprevenida en su espera, mira con asombro la gloria del nacimiento allá en el portal. O el gaitero que desde ya empezaba a componer los primeros aguinaldos para cantarle al “Niño Lindo” que ese año nacería de nuevo.


Con los teléfonos negros de baquelita -red social disponible para entonces- se comunicaban informaciones sobre el avance de la navidad en términos gastrónomicos y decorativos de las casas de las hermanas de mamá - las de arriba - a la hora del almuerzo, en los días previos al magno evento de la navidad mamá reportaba: Lilia ya puso el pesebre y mañana esta de hallacas. Celina y Nancy van a hacerlas juntas, Mery las hizo la semana pasada. 


Había información sobre la hechura de las hallacas y sobre la construcción del pesebre y la colocación de los adornos. Se incluía información en la misma llamada -limitada en minutos pues eran muy costosos- y se sabía cuando cada una de mis tías ponía el pesebre.


Eran días mágicos, tenían un olor a albricias, a amaneceres de misas de aguinaldo. Había fé y esperanza en lo más profundo del sentido de la fiesta. En la misma llamada se sabía que primos venían de la capital a contarnos como se hacía el hielo en máquinas o como se tomaba cerveza por metros en Chacaito. 


Mamá era la última en hacer hallacas y en adornar la casa. Por lo menos esperaba hasta el dieciséis de diciembre - cuando empezaban las misas de aguinaldo - y viendo las cosas en la justa dimensión del tiempo, me imagino que la economía doméstica le daba perfecta claridad al recordar que éramos siete amantes del exquisito platillo, sobrevenidos a la época y todos bajo el mismo techo, que harían efímera la duración de estas, que debería ser por lo menos hasta año nuevo.


Los años eran largos y la navidad era una temporada especial, no teníamos relojes ni celulares que anunciaran nada que fuera a cambiar en nuestro inmediato futuro. Un día lejano de todos los demás se notaba una energía especial, sin saber cómo y porqué cambiaba el aroma de  la ciudad y el azul del cielo de Mérida marcaba una diferencia especial que la hace reconocible en mi memoria, así pasen mil años después de mi última patinata.


Pero hoy estamos hablando de hallacas.


Las hallacas marcaban el inicio oficial de la temporada, así “las de arriba” las adelantaran con premura inusitada, para mamá y su sabia estoicidad se mantenía su cronograma.


La hechura de hallacas de la casa tenían convidados “nacionales e importados” , todos asistíamos entusiasmados por lo que el evento significaba para la familia.


Los convocados nacionales éramos nosotros, papá , mamá y los hermanos. Los importados eran mi tía Nena, Oliva Becerra y amigas eventuales de mamá que habían confesado alguno que otro talento alineado con la intención del día : hacer las mejores hallacas del mundo.


Los oficios estaban predeterminados y obedecían a rangos que solo la meritocracia podía permitir ejercer. Jamás un novato podría ser aplastador y mucho menos armador.


Los novatos limpiaban hojas, quitaban las venas de las hojas, o pintaban la tabla de aplastar masas con achiote.


Había otro equipo -para mí el más importante- el de la masa. Ese equipo podía contar con la presencia de “outsiders” dedicados a la tarea , pero supervisados directamente por las superiores : mamá, mi tía Nena y Oliva. La masa tenía un secreto diferenciado: era un mix de masa de harinas blancas y amarillas que se amasaba con crema de apio (arracacha) y se coloreaba con aceite de onoto (achote).


En el rango intermedio, podrías ser amarrador o cortador de pita. El amarrador estaba obligado a presentar examen de nivelación, pues esa tarea por sencilla que pareciese podría desencadenar en el fracaso total de todo el operativo.


Los cargos claves estaban al mando de los rangos superiores, eran los armadores quienes hacían el milagro posible. Colocaban el guiso en la medida perfecta y ponían el adorno de aceitunas en la distancia ideal. En aquella época tenían derecho a fumar y había un delegado pendiente para que a “su tía no le falte nada”.


Los armadores podrían pedir un ron, una cerveza o un whiskicito  y sus deseos eran órdenes.


Había el rango de la comandante suprema de las fuerzas de la Navidad y de cuanto evento se le ocurra, que era dictatorialmente dirigido por mamá y eso no lo discutiré con nadie.


Como toda líder cometió errores que asumió con gallardía y postura y marcaron las correcciones  necesarias en la intención de su legado magistral: no se usa tomate y no se usa más nunca jugo de piña, que eran ingredientes de la receta original.


Mi tía Nena opinaba en segunda instancia y recordaba a todo el convite, que fue su aporte en orégano lo que hizo posible el gusto logrado por la multisápida receta.


En mi casa por esos años, antes del aporte tecnológico de Luzardo y Celina (Mis tíos) del aro de gas, las hallacas se cocinaban en leña. Oscar estaba al frente del fogón y tenía  la responsabilidad de sacarlas y escurrirlas “peinaditas” para que su forma fuese apetitosa al  servirlas.


Oliva callada y servicial como siempre era la responsable de mantener el control sobre la receta legítima de Doña Olimpia, era como la albacea de tan especial tradición y sus comentarios eran acatados y respetados. La opinión de Oliva era sagrada - por encima de la de mi mamá- en cuanto al punto de dulce o de sal. Ella probaba el guiso y decía “esas son las hallacas de la casa de Ejido”.


Y las hallacas de mi casa fueron un suceso gastronómico a lo largo del tiempo.


Hoy recuerdo que en 1972 , todo este recorrido que he contado hubo de repetirse antes del 28 de diciembre . Ese año fué el matrimonio de mi hermano Alfredo con Beatriz, y ellos decidieron que la celebración fuera en Jají  (Pueblo típico de Mérida, Venezuela) , que la misa fuera mañanera y que el obsequio a los invitados fueran las hallacas de mamá siguiendo la receta original de mi abuela Olimpia Burguera de Uzcátegui.


Ese año se reunió de nuevo el mismo equipo de antes de la navidad, el día 26 de diciembre para cometer el milagro de hacer las hallacas perfectas de mi mamá a escala superior: se hicieron hallacas de nuevo para la boda anunciada para el día de los inocentes.


A la medianoche de ese 26 de diciembre salió la última cocha de hallacas de ese año y para esa navidad se habían preparado 697 hallacas. Mamá contaba las hallacas.


Para ese año mi tío Germán era Gobernador del Estado, la ciudad de Mérida estrenó su primer semáforo, Nixon fue a Rusia y nosotros hicimos hallacas dos veces para celebrar la vida de aquellos tiempos. En la ciudad escondida del tiempo.


¡Bendito sea Dios! dijo mi mamá al terminar la faena.






1 Y al día tercero se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y estaba allí la madre de Jesús.

2 Fueron también invitados a las bodas Jesús y sus discípulos.

3 Y como faltase el vino, dice a Jesús su madre: "No tienen vino".

4 Y le dice Jesús: "¿Qué tenemos que ver tú y yo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora.

5 Dice su madre a los que servían: "Todo cuanto él os diga, hacedlo.


San Juan, 2, 1-5


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