Hablar de mis muertos






He tenido la gran fortuna de contar con una maravillosa familia en este exilio, auto infligido como dicen algunos de mis afectos del otro lado del Arauca, donde el Orinoco se vuelve brava selva y manso delta.

Bogotá, 5 de abril de 2026


Por estos días de reunión, sin mayores rigores religiosos, tuve la oportunidad de compartir con muchos de estos parientes prestados, que la vida en suerte y haciendo uso de su  cara compasiva, me permitió tener como propios.


Las memorias, sus cuentos llenos de gracia y magia hacían revivir recuerdos de infancia con aromas cargados de pólvora sedienta de justicia lejana, entre liberales y conservadores en campos teñidos de rojo, en una Ibama (Yacopí) que mi imaginario no alcanza a sentir.


Hablaban de familias grandes con apellidos diversos, todos primos hermanos y de tios que la política o las promesas de fortuna, hicieron llegar a  tierras altas santafereñas, llenas de oro muisca y promesas de paz.


Todos tenían un recuerdo feliz de cualquier pariente, apartado de esta batalla adornada de amor y extrañas mariposas que es la vida.


Compartimos así la tarde del viernes santo. A dos cuadras de aquella reunión, sonaba la procesión de este día, se escuchaba el clamor del Padre Humberto, llamando al perdón y a la misericordia, de repente la tarde se hizo muda.


Los recuerdos de mis muertos llegaron a mí.


Me di cuenta que todos aquí tenían a sus muertos vivos; hablaban de ellos con gracia. Por primera vez, la vida me puso en la necesidad de compartir con alguien que también hablara conmigo de los mismos muertos de siempre: los que quedaron muertos sin remedio y los que nunca morirán en el recuerdo.


Quise retocar fotos viejas, caminar por pasillos lejanos y rojos. Preguntarle a Harry que era el Conticinio y poner mi cara de sorpresa cuando cerraba sus ojos soñando el amor que justificó sus noches de ronda.


Quise compartir la “noche de tu partida” con mi tío Alonso parado en su taquito de madera, secando con fina gamuza su Chrysler, en el garaje de tejalit de mi casa de la 4.


Imaginar a mi tío Focho llegando a mi casa con su bata blanca y su mágico maletín médico a tocar mi garganta diciéndole a mamá: Braulia, hay que descartar paperas.


Quise contarle a todos aquí que tuve un tío gobernador y mago de la tierra prometida, que compartiendo una tarde en mi casa le confesó a mis tíos : Quiero que Mérida sea la ciudad de los relojes y puso un reloj público de fantasía con tres duendes, a dos cuadras de su casa, para que la Quinta Sinfonía abrazara su barrio cada amanecer.


Me hicieron falta todos mis muertos. Los sigo amando , cada día aprendo más de su canto de amor por todos nosotros.


Vivimos los tiempos cuando los tíos hacían milagros y tenían remedios para todo, eran sabios. Se casaron con mis tías, descendientes directas del cielo y damas antañonas: perfectas y bellas.


Quise contarles a ellos sobre la magia de mi tía Cristina, la dueña del hotel cielo en Caracas, donde llegábamos a buscar fama y fortuna, de mi tía Temila, quien conservó intacto, hasta sus últimas horas un vestido verde que compró en Madrid para la toma de posesión de un presidente conservador que no llegó a ganar.


Ni hablar de mi tía Mery, representante directa de la compasión en el mundo, quien se fue al cielo a encontrarse con su hijo mayor, con el que no pudo coincidir más en la tierra.


Son tantos los muertos, son tan bellos sus cuentos, son tan raros y mágicos que a veces me los reservo porque son increíbles sus historias.


Saben, siempre me hacen falta, pero ayer en especial sentí ganas de contar sus historias. Sin esos cuentos, sin esos amores mi vida no hubiese sido viable, soy un pedacito de todas esas historias de gente bella, noble e irrepetible.


La bendición más importante del tiempo, es que regresamos a él, a veces sin querer, y escuchamos de nuevo la canción que nos permite volar a aquel abrazo, cada vez que queremos recordar nuestra historia.


Y lo que me aterra de la distancia, es que permita que mis muertos sigan dormidos, sin poder sonreír con ellos, olvidarme de sus momentos más bellos, del aroma de un café con leche en polvo de mi tía Mery, de un paseo en el Desoto mi tía Temila, de una carne fría de mi tía Lilia.


Mis muertos nunca morirán, ellos tomaron un viaje pasajero hacia el destino para el cual nos hicieron creyentes, vieron la luz detrás de aquella enorme piedra que nos reveló a todos lo mejor de nuestra fe, la esperanza en una vida perfecta con la resurrección de nuestras almas.



Feliz Pascua De Resurrección 







«¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado»


Lucas 24:5-6


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