El "Vocho" de Germán Enrique




Después de 9 meses sin prender la llave giró y el viejo Volkswagen de Germán, tosió hollín y se reconoció nuevamente en su destino de ser carro , mover personas, crear historias y recuerdos.

Nacer y pasar parte de tu vida en una finca, al lado de una ciudad, te da la oportunidad de ver las cosas, con la magia del campo y la dinámica de una hermosa urbe como mi natal  Mérida.

Papá era ganadero y su pasión, su libertad era ir a atender sus negocios a El Vigía (*). Pero había un capricho y un requisito indispensable, tenía que ir en la camioneta del año. (esa Venezuela daba para eso) y papá cambiaba de carro todos los años.

Un año su camioneta nueva no llegó por un tema de aduanas, que en un país tropical significa que algún burócrata no recibió lo que esperaba (en comisión) y escondió los trámites en la jaula de los rinocerontes en el Arca de Noé y solo aparecerán el día del fin del diluvio o el día que el monto aspiracional del trámite burocrático fuera satisfecho. 

Y un año papá se quedó sin su camioneta. Mi hermano Germán, que se había marchado a la capital , buscando vivir los discretos encantos del poder y para entregar sus sobrados talentos para servir al país, se fué raudo a la capital y en su mudanza dejó su Vocho en Mérida, su Volkswagen 1972 “Venezuela Primero” , azul caribe fabricado en Palmasola. Germán entendió la situación , llamó a papá y le dijo : Usa el carro mientras llega tu camioneta.

Y así fué , papá empezó a usar el Vocho, no se dejó recortar sus alas por la falta de su flamante camioneta. Daba risa ver a mi papá en ese carrito encogido,  contrastando la inmensa imagen que todos teníamos de papá y su abundancia tan particular. Se veía extraño. Ver traer los frutos de la tierra y del trabajo de los hombres en ese vehículo tan pequeño era por lo menos un tanto “incompatible” para decirlo en términos del momento, con la imagen que teníamos de papá.

Un día, el Volkswagen, que tenía sentido de la vida , entendimiento , razón y sabía de orgullo, en un extraño momento logró hacer desaparecer su propia llave , la que abría su puerta izquierda y la que conectaba las cosas que lograban hacer rugir su ronco motor trasero, para recorrer los surcos de los Andes, de Puente Real a Bailadores, por la carretera vieja.

Ese inolvidable lunes en la mañana , después de la decisión irreversible del Vocho de hacer desaparecer su propia llave, pasamos una semana de tortura sin igual en la casa de la finca, buscando un adminiculo tan pequeño como esa llave en un lar de 12 habitaciones, 6 baños, 196 patos , 46 vacas , 48 becerros , una incubadora produciendo 196 patos adicionales cada cuatro horas y dos cisnes buscando un psicologo, pues no entendían como la vida pudo haber sido tan injusta en ponerlos en ese enrarecido y enloquecido ecosistema,  donde en un extraño e injusto momento se encontraron. 

Uno de los cisnes se suicidó esa misma semana, desconectando el cable del reflector que iluminaba el tanque de los patos. La “cisna”,  en su tristeza y fidelidad ejemplar, eligió convertirse en sancocho y terminó siendo vendida en forma de sopa de beneficencia en las ferias de La Candelaria. Un destino mucho más noble.

Después de esa confusa semana le dije a papá : busquemos un cerrajero , mi papá iluminó su pícara mirada detrás de sus gruesos cristales trifocales y me dijo “NO , nosotros lo abrimos” y aquí comienza lo bueno. Papá decidió que no volvería a atender sus negocios en El Vigía hasta que él pudiera abrir y prender el Volkswagen , pero como en los cuentos de hadas, la llave tendría que salir de su propio ingenio y trabajo. No podría ser fabricada por cerrajero alguno y no se valía que Germán enviará su desgastado duplicado, pues el “pobre” estaba hidratando el futuro de la patria desde el ministerio del aire.

Pasaron 36 semanas, en una rutina insoslayable , aturdidora , espantosa. Me hacía ir todos los lunes en la mañana a la ferretería del pueblo a comprar la matriz de la llave, lisa; y una lima triangular cada tres semanas. Papá y yo nos sentábamos en el estrecho garaje de la casa en sendos taburetes blancos y azules ,  de la moderna cocina de mamá, a tallar la llave, sin mediar conocimiento previo del arte de la cerrajería. La llave aguantaba el rigor del aprendizaje,  hasta el martes, alguna que otra “llevó lima” hasta el miércoles. Pero había un código de honor: No se podía comprar otra llave lisa sino hasta el lunes siguiente . Y ese código se respetó durante 36 largas semanas.

La fe en el proyecto era tan grande, que vió un día en el períodico impreso (e-commerce de la época) una cajita imantada que se escondía en el guardabarros de los carros para ocultar el duplicado. Antes de abrir el Vocho. Papá pidió seis porque eso no podía volver a pasarle. Y le regaló una caja mágica, a sus más allegados explicando la importancia de la fulana cajita del guardabarros.

A la semana 36 , una mañana soleada,  víspera de Diciembre, y sumido en profundo estrés, pues mamá le dijo que necesitaba que sacara el Volkswagen de allí, pues ya se acercaba la navidad y había cosas para hacer en ese espacio (Hallacas) . Esa mañana la llave funcionó y el carro  abrió su delgada puerta y pudimos encender el motor, tosió con fuerza y volvió a la vida. 

La sonrisa de victoria de papá era un poema. Los que lo conocimos la imaginamos y la vemos en este momento. 


Esa misma semana llegó la camioneta nueva de papá, y ese diciembre el Vocho de la historia marchó a la capital.  Murió triste y vació en un parqueadero público en Caracas, víctima de su historia y quizá pagando la culpa de haber desaparecido su propia llave . El destino.




(Vocho nombre popular con el que es conocido el Volkswagen escarabajo en algunos países latinos)


(*) Ciudad cercana a Mérida , capital ganadera de Venezuela para la época.



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